"Decir adiós"
Publicado en el libro "Luz que cierra"
Todo lo que se mueve alrededor
de lo que está quieto
es otro paisaje del azar
movido por un viento de soledades impensables,
dueño de su inmovilidad que se mueve
en la oscuridad impenetrable de la luz.
Te dije adiós sin que supieras
que había amanecido,
infinito de toda orilla.
En profundidad
La poesía como asombro, signo y misterio
Por Elena Victoria Acevedo / Doctora en Letras
La despedida. Nadie sabe qué palabras y qué resonancias despierta el decir adiós; el juego que proponen los opuestos y el oxímoron, la quietud y el movimiento, la oscura soledad y la luz, la inmovilidad que se mueve en este poema de “Luz que cierra”.
Inmediatamente pienso en la zozobra de vivir y en las palabras de María Granata cuando al referirse a este libro dice: “poesía absorta, premonitoria, que ha necesitado del éxtasis.”
Dora Fornaciari ya desarrollaba este tema del “Viaje perpetuo” y el juego de las imágenes contrapuestas en los poemas de “Con uno ese demonio”. La vida, el tiempo, el camino y el viaje son constantes de su poesía. Los poemas de este primer libro tienen un hermoso epígrafe de César Vallejo: Me han dicho que en tus siglos de dolor,/amado ser,/ amado estar/ hacías ceros de madera ¿es cierto?
El ser humano en su recorrido por la vida aparece como viajero vinculado al eterno retorno: “los viajeros cuentan las estrellas en el agua” dice el sujeto imaginario, y les otorga el epíteto somnoliento en “El misterio de uno”: Como viajeros somnolientos penetramos en esa tierra...
El tiempo y las preocupaciones metafísicas se evidencian en el poema“Los mitos”: De pie saludo al tiempo / y dejo flores sobre el rostro de los muertos. La imagen que persiste es la del ser arrojado a una existencia que transcurre inexorable y veloz: cada hora es un incendio de estaciones destruyéndose…
La poesía para Dora Fornaciari es la expresión de sus preocupaciones más profundas: el fugit tempus, el amor que huye, la muerte que acecha: hay días livianos como una hoja seca, densos como la palma del invierno.
No hay lugar para descripciones externas, toda la poesía se concentra en la interioridad, en la percepción de la relación espacio-mundo con el tiempo.
Una poesía hecha de ojos: ojos que son “islas remotas” que miran girar el mundo, los naufragios, los pájaros secos, su propio mundo interior: Uno está como mirando con los ojos cerrados,/como recuperando uno a uno los silencios...
¿Qué es la vida, entonces? Un largo viaje, de países cuyo territorio se define por/ el solo canto de un animal desconocido.
¿Qué papel tiene la palabra poética?Asida y desasida como un peso de nada… Dora Fornaciari busca la palabra, la materia poética, el lenguaje; en “Síndrome de la palabra” lo dice: núcleo extraño/ inasible/ magia de la piedra/ luz que cierra.
En esta poesía que indaga acerca de la existencia, muy veladamente, aflora Tucumán en enero, creciendo sobre los techos del verano/entre coyuyos y mansos abejorros.